12 abr. 2009

Domingo de pascua



Hoy es domingo. Domingo de Pascua. Dejé el otro día una larga carta desde el Este explicando mis aventuras en el tren que une Varsovia con Budapest. No tengo demasiado tiempo hoy para abordar el análisis de la realidad húngara. Allá pasé quince estupendos días. Permanecí varios días en la capital con mi chica. Después tomamos uno de los anticuados trenes que cruzan el suelo magyar y acabamos en una importante y bellísima ciudad húngara enclavada en las faldas de los balcanes. La ciudad donde vive ahora. No doy más datos porque prefiero proteger mi vida privada contra cualquier tipo de intrusismo. Hay mucho loco suelto navegando por el mundo. En junio, tras acabar mis clases en la universidad, cogeré nuevamente ese tren que une Varsovia con Budapest. Seguro que la experiencia valdrá la pena. Tengo en proyecto irme a vivir a esa ciudad en septiembre. Ahora estoy repitiendo exactamente la misma estrategia que utilicé para venirme a Lituania. Para buscarme la vida.

Lo primero que me llamó la atención al pisar Hungría fue la estación de trenes misma. La estación de Budapest Keleti parece un hangar de aviones. Un hangar transformado en bazar árabe y en casa de cambio. Ni llegué a salir del tren y ya tenía alrededor mío tres tipos ofreciéndome changing money. Iban incluso, cada uno de ellos, pertrechados de calculadoras Casio. Al principio pasé bastante del rollo porque creía que me la iban a meter bien metida. Pero resulta que los tíos me ofrecían un deal mejor que el de las casas de cambio habilitadas en la misma estación de tren. No tenía florines húngaros y debía comprar una tarjeta telefónica para ponerme en contacto con mi chica que venía a Budapest en tren desde la ciudad húngara donde vive ahora. Además tenía hambre y urgencia por tomarme una cerveza. Al final decidí hacer un deal con uno de los cambistas. El más joven de ellos. Le ofrecí cambiarme 50 euros si me dejaba llamar con su celular. Y la cosa funcionó. Me ofreció un cambio de 230 florines por euro. Y yo puede hablar gratis con mi chica que, como siempre, parecía tener un humor de perros. Las oficinas de cambio de la estación ofrecían un rate de 205 florines por euro. Sólo más tarde comprendí que no había hecho un negocio demasiado bueno. Ni demasiado malo tampoco. Porque, en realidad, nadie sabe a ciencia cierta a cuánto está el florín húngaro. No es un tema de fluctuación de la moneda. Eso es lo normal en monedas que no tienen cambio fijo. Me refiero a que Hungría es un país de cambistas. Ese es el negocio. Hay tipos que te abordan en la calle y te ofrecen money. Te sacan el fajo de billetes en plena calle. Decenas de garitos de todo tipo que ofrecen cambios de lo más dispar. En un sitio me dieron 250 florines por euro. En el bar de la esquina me ofrecieron 255. Un payo que parecía gitano me daba un cambio de 260. Y además están los supermercados. La mayoría de ellos aceptan euros y te devuelven el cambio en florines. Es un país que, de hecho, funciona con dos monedas. La moneda nacional que sufre un proceso de depreciación acelarado -ahora el cambio está alrededor de los 310 florines por euro- y el euro. La crisis financiera internacional ha llevado al país a la bancarrota. El país está arruinado y sobrevive gracias al turismo y a los préstamos del FMI y el soporte del Banco Central Europeo. Las familias, deseosas de vivir el sueño europeo, se endeudaron hasta las cejas y adquirieron sus viviendas con hipotecas en euros o francos suizos. Durante los tiempos de la burbuja inmobiliaria -que también se produjo en Hungría- cuando el florín estaba fuerte los bancos animaron a los ciudadanos a endeudarse con este tipo de hipotecas. Ahora, con la caída en picado del florín, la pérdida de valor de la vivienda y el aumento del desempleo muchas familias húngaras ven como su sueño se ha desvanecido. Se ha diluido como la paprika que usan para condimentar la sopa gulash. Deben seguir pagando la hipoteca si no quieren perder una vivienda que no pueden vender porque no encuentran demanda que ofrezca el precio que pagaron por ella. El problema se transladó inmediatamente al sistema financiero húngaro cuando las familias dejaron de pagar sus hipotecas por falta de solvencia. Entonces todos acudieron, como plañideras, al auxilio del gobierno. Que tuvo que echar mano del crédito para hacer frente a la situatión. En fin eso ha pasado, a gran escala, en otros países centrales del capitalismo financiero. También en los países periféricos de la Europa oriental. Aquí, sin embargo, la crisis se sufre de otra manera porque there is not alternative que decía Margaret Thatcher. Cualquier crítica al sistema capitalista es vista como un apoyo al pasado socialista. Como un apoyo a la opresión de los rusos. Que siempre son los malos de la película. Dedicaré una o varias de mis cartas a este asunto. A la confusión de los términos interesada, promovida desde los medios de comunicación y desde las instituciones académicas oficiales. A la tergiversación de los hechos y de la historia. En fin, dejo por el momento mi blog, que se va convirtiendo en una especie de compañero fiel. Voy pegarme una ducha y a coger un microbús que me llevará a un pequeño pueblito cercano a Kaunas. Voy a celebrar con mi gente el domingo de Pascua.




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