20 abr. 2009

Islandia: géiseres, bacalao, auroras boreales, cerveza sin alcohol y cristales rotos (I)

Recién llegado de Islandia. Todavía tengo ante mis ojos el fantástico paisaje que ofrece esa isla. Un paisaje dominado por inmensas montañas de hielos perpetuos, por el mar que aparece y desaparece por entre sus fiordos, y por el fuego de sus volcanes. Un fuego de dioses antiguos. La isla se encuentra entre la placas tectónicas de los continentes americano y euroasiático. Reykjavík está situada en la costa occidental de la isla. Pertenece al continente americano. Se puede decir que he estado en América. Sin dejar de estar en Europa. Islandia me ha dejado impresionado. En un país fascinante. Ya he hecho mención al paisaje. Pero no menos extraordinaria es la propia historia de esta república que fue colonizada por vikingos noruegos y dominada por el reino de Dinamarca hasta el año 1944.

Tuve la fortuna de participar como profesor de márketing en curso financiado por el Nordic Council dirigido a estudiantes universitarios de turismo. En total nos reunimos seis profesores y un puñado de estudiantes de cinco países nórdicos. Yo fui enviado al curso por una institución educativa de reconocido prestigio en Lituania. Lo más interesante de la experiencia, como cabía de esperar, no fue el curso en si mismo sino el contacto con la prodigiosa naturaleza elemental de esta enorme isla magmática. Una naturaleza dominada por volcanes en permanente actividad, por enormes glaciares que nutren de agua los numerosos ríos y lagos que surcan esta tierra. Una tierra donde sin duda resisten los antiguos dioses paganos de la mitología
Norse. Unos dioses que no acabaron de abandonar totalmente este lugar como nos contó el pastor luterano de Skalholt, un pequeño pueblo que durante la Edad Media había sido el centro cultural y espiritual del país hasta que los daneses decidieron trasladar su Obispado a Reykiavík.

Islandia es una isla inmensa que está prácticamente despoblada. Sus 103.000 km2 albergan poco más de 300.000 almas. Alrededor del setenta por ciento de su población vive en la capital. El resto vive desperdigado en pequeños pueblos. Principalmente en la costa. La segunda ciudad en importancia, Akureyri, tiene apenas 18.000 habitantes. De hecho es un pueblito enclavado en uno de los fiordos del norte de la isla. Allá, según me contaron, los autobuses son gratuitos. Y también la calefacción. Algo bueno tiene vivir en una isla volcánica. Entre la capital y Akureyri hay vuelos directos diarios. No sé todavía quiénes y cuántas personas viajarán diariamente entre ambas ciudades. El servicio lo mantiene la Icelandair con pequeños aviones que salen del aeródromo de Reykiavik. No del aeropuerto internacional Leifur Eiriksson que se encuentra a unos cincuenta minutos en coche de la capital. Lo que me dejó perplejo es conocer que hubo vuelos directos entre Akureyri y Vilnius hasta hace poco menos de un año. Resulta que se anunciaban en la prensa nacional este tipo de vuelos como una forma de comprar y beber barato. Los islandeses entonces gozaban de una de las rentas per capita más altas del mundo. Con una corona fuerte y una economía aparentemente sólida se permitían el lujo de venirse de compras a Vilnius, a más de 3.000 kilómetros de distancia. Pero eso era antes de la crisis que sacudió la isla a finales del año 2008.

Pero volvamos a Akureyri y su universidad que era la promotora de la experiencia en la que he participado. El curso tenía que haberse realizado en Akureyri pero al final, por problemas presupuestarios y logísticos, se consideró oportuno cambiar de ubicación. Se optó por desarrollar el curso en distintos enclaves de la región suroccidental de la isla. Esta zona es conocida como
Golden Circle y es una circuito obligatorio para cualquier turista que tenga poco tiempo y no pueda alejarse demasiado de Reykjavík. Estuvimos hospedados en un hotel en Hveragerdi. Un pequeño pueblo plagado de divertidos y minúsculos géiseres. Algunos de sus habitantes podían disfrutar incluso de su propio géiser en el jardín. Allá realizamos la mayor parte del curso. Por la mañana se desarrollaban las ponencias de los profesores y estudiantes y por la tarde nos trasladábamos, todo el equipo, de un lugar a otro con una furgoneta bastante trotada y con problemas en los amortiguadores. Las noches tenían un ritmo distinto. Los estudiantes se reunían entorno a las piscinas del hotel alimentadas por aguas termales de los géiseres cercanos. Los profesores nos reuníamos entorno a la mesa del comedor principal y abríamos varias botellas de vino tinto. Uno de los profesores. Edward H. de la Universidad de Akureyri nos dio una improvisada clase magistral sobre la crisis financiera y económica por la que está atravesando la isla. La lección fue realmente magistral pues quien la daba no sólo era un profesor con sólidos conocimientos en economía sino también una víctima más de las prácticas fraudulentas promovidas por los principales bancos del país durante los últimos 10 años. El profesor islandés había perdido más de la mitad de sus ahorros. Y parecía encontrar en esas botellas de vino que compartíamos por las noches un refugio a su ira y frustración contenidas. A la crisis del sistema financiero islandés dedicaré un largo post en otro momento.

Los últimos días los pasé en Reykjavík, que en la vieja lengua Norse significa algo así como "bahía neblinosa", y debo decir que, sin lugar a dudas, es una de las capitales más aburridas que he conocido. Reykiavík sólo merece una visita porque es la capital del país. Hay alguna iglesia interesante. Un bonito estanque donde decenas de patos, gansos, gaviotas y cisnes hambrientos compiten por ganarse la caridad de quienes pasan por allí. Un pequeño parlamento con los cristales rotos por las piedras lanzadas por airados ciudadanos en los motines de enero de 2009. Y un puerto antiguo e inmenso donde todavía llegan los barcos cargados de bacalao. Un bacalao que, junto al aluminio, constituye la verdadera riqueza, tangible, "real" de la isla. También es de destacar una casita de estilo
art-noveau, la casa Hofdi, que acogió la cumbre entre Ronald Reagan y Mijail Gorvachov, en 1986 y que supuso el fin oficial de la Guerra Fría entre los EEUU y una Unión Soviética que era por entonces un gigante con los pies de barro. Como uno de esos monumentos a Lenin cubiertos con una fina capa de bronce y rellenos de escayola. Todos los amantes del pop-rock tienen en Reykiavík un sitio de peregrinaje. Se trata de la Imagine Peace Tower situada en la isla de Videy. Hay que tomar un ferry para llegar allá. Yo no tenía demasiado tiempo y andaba ocupado con el resto de la expedición lituana que prefería irse de clubin por la noches. Finalmente la parte gamberra que todavía queda en mí pudo más que mis deseos por conocer cosas nuevas. Después de meterme varios lingotazos de Fisherman's Friends -un alcohol de pescadores que sirve para poder tragarse la sopa de tiburón podrido, un plato de la tradición vikinga muy popular entre los turistas - decidí dejar la torre de Lennon para otra ocasión. La Imagine Peace Tower viene a ser una estructura metálica que emite un haz de luz en memoria de John Lennon y a favor de la paz en el mundo. La luz de Lennon se proyecta al espacio como tratando de emular las auroras boreales que se prodigan en esta isla a finales del invierno. El monumento fue inaugurado por Yoko Ono, la viuda de Lennon, y Ringo Starr, el batería de los Beatles. El feo del grupo de Liverpool. Eso fue en el año 2007, un 9 de Octubre. El día del cumpleaños del malogrado artista. Paul Mcartney no acudió a la inauguración. Supongo que a él tampoco le gustaba Reykiaivík. O Yoko Ono. O ambas cosas a la vez.


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